jueves, 21 de febrero de 2013

Del rol al WoW pasando por el Magic

Los jugadores tenemos algún gen que nos impulsa a jugar. No conozco a casi nadie que juegue sólo a un juego. Ni siquiera sólo a un tipo de juegos. La inmensa mayoría de jugadores que conozco o he conocido le daban al rol, a los videojuegos... y al Magic.
Magic: The Gathering llegó a España en 1994, aunque no lo conocí hasta un año después, cuando el colega que también me vició a los comics y con el que comencé en el rol se presentó un día en mi casa con unas cartas súper chulas diciendo "mira este juego de cartas, te voy a enseñar a jugar". Es posible que hayan sido las palabras más decisivas en mi vida.
Después de una tarde (y gran parte de la noche) de vicio, al día siguiente compré mi primer mazo. Al otro día, el segundo. A los cuatro días, el tercero. Mi colega me dijo que iba a un local donde cambiaban cartas. Sabía que hacía un tiempo iba con un grupo que salían de excursión, y que tenían un local de tiempo libre, incluso monitores para el grupo de críos (unos cien chavales tenía en ese momento la agrupación infantil).
Solía ir los viernes por la tarde, así que para allá fuimos, a un mundo donde jugar a lo que fuese no era una excepción, sino la norma. Armarios llenos de juegos de tablero, figuritas de plomo (que luego sería metal blanco y plástico) con su correspondiente escenografía, manuales y complementos de varios juegos de rol, y sobre todo cartas, muchas cartas. "Cambio tierras por tierras", anunciaba uno, en una versión de andar por casa del /trade. A mí me faltaban islas y me sobraban llanuras, así que hubo trato. En ese momento serían unas 20 personas las que frecuentaban el local, todas, sin excepción,con sus mazos de cartas. Así que comenzó el ritual de los viernes tarde al llegar de la universidad (a dónde ya me había llevado los mazos; las cajas de diskettes eran perfectas para ello) de ir al local a jugar a Magic y cambiar cartas, cenar en MacDonalds, y vuelta a jugar hasta las tantas.
Una cosa llevó a la otra, y de sólo jugar a Magic recuperamos otros juegos (Blood Bowl, por ejemplo, organizando varios campeonatos), o irnos de excursión (por supuesto llevando los mazos para jugar en la montaña o el refugio). Además me involucré en la gestión de la asociación (cerca de 400 miembros en cuatro locales), y terminando primero como vicepresidente, y más tarde como presidente. Gracias a esa experiencia aprendí mucho de cómo funciona la administración por dentro, y cómo el común de los mortales pretende acceder a los recursos públicos, aunque fuese para llevar a unos críos de excursión. Pero esa es otra historia.
Pasaron los años, los precios de los PCs clónicos se desplomaban, y como muchos éramos de informática ya sabiamos cómo ir reciclando las piezas viejas y empezamos a montarnos un par de PCs en el local. Y empezamos las primeras LAN party. Dos veces al año ocupábamos durante unos días la casa de un colega mientras sus padres estaban de vacaciones, y allá que montábamos una red de entre 8 y 15 PCs, según las fechas. Doom, Quake, Counter Strike, solían ser los juegos habituales. Pero otro tipo se abría camino: Command&Conquer, y otro que les gustaba porque se parecía al Warhammer: un tal Warcraft.
Continuará.

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